Julián revisó el celular completo: los chats archivados, los grupos muertos del 2019, los estados de gente que no sabe qué es la privacidad. Abrió WhatsApp, buscó un número inventado y escribió:
Lo mandó sin pensar, como quien tira una botella al mar digital. Diez segundos… doble tilde azul.
Dios: "Sí, hijo. ¿Qué necesitás?" (con un emoji de paloma que parecía clipart del 2009)
Julián pensó en borrar el chat o desaparecer. Optó por el medio.
Julián: —Perdón, me equivoqué. Dios: —La gente casi siempre se equivoca antes de hablar conmigo. Julián: —Ah… ¿y a qué WhatsApp llamé? Dios: —Al WhatsApp de soledades crónicas. Casi no se usa ya.
Julián: —Mire, Señor… yo solo quería hablar con alguien, no pretendía tanto. Dios: —Es que hoy tenía el WhatsApp libre. Casi no llama nadie ya —dijo con un dejo de tristeza burocrática.
Julián sintió pena por Él, lo cual era ridículo.
Julián: —¿Dios Dios… o un Dios medio interino? Dios: —Hablo yo. Dios. El de arriba. El Barba, el Flaco, el Jefe, o como quieras llamarme… ustedes los argentinos, tan ocurrentes.
Julián: —Mire, Señor… yo no llamé para pedir nada. Estoy grande para los milagros y chico para morirme. Dios: —Justamente por eso atendí. Los que ya no esperan milagros y todavía no se entregan… son los que más necesitan ser escuchados.
Julián: —¿Y por qué me responde tan rápido? Dios: "Porque los jóvenes ya no me hablan. Solo me arroban en memes. Necesito usuarios activos."
Julián: —Bueno… ya que estamos, ¿no me puede dar un consejo? Dios: —Claro. Pero aclaro: yo no hago milagros de noche. Después de las diez estoy más para escuchar que para intervenir.
Julián rió sin querer.
Julián: —Señor… estoy medio solo, ¿vio? Dios: —Ajá. Julián: —Y estoy cansado. Cansado de estar solo, cansado de fingir que estoy bien.
Dios le clavó el visto, como quien acomoda los papeles de un expediente viejo.
Dios: —No estás cansado de vivir, Julián. La vida pesa menos cuando alguien te ayuda a sostenerla.
Julián: —Pero no tengo a nadie. Dios: —Me tenés a mí. Julián: —Sí, pero usted no viene a tomar mate… Dios: —Tenés razón. Para eso están los otros humanos. Aunque a veces se olviden de que existen justamente para eso.
Julián: —La verdad, me siento vacío. Dios: —Vacío no. Deshabitado. Que es peor, pero se repara.
Hubo un silencio largo.
Julián: —¿Y qué hago con la soledad? Dios: —La misma pregunta que me hacen desde el principio de los tiempos. Y la respuesta siempre es la misma: salí. Hablá. Equivocate. Volvé a intentarlo. La soledad se cura con presencia, no con silencio.
Julián: —Gracias, Señor. Dios: —De nada, hijo. Y la próxima vez que me escribas, mandame un audio. Me gusta escuchar las voces. Se perdió esa costumbre.