03:00 AM. Quinta presidencial de Olivos.
El silencio era total, salvo por el zumbido de los servidores de Twitter (perdón, X) que el Peluca tenía prendidos fuego. Javier estaba en su escritorio, despeinado con saña, rodeado de gráficos macroeconómicos, tazas de café frío y cuatro mastines ingleses que lo miraban con ojos de filósofos austríacos.
De golpe, la temperatura de la habitación bajó a niveles del FMI. Los perros no ladraron; se tiraron al piso a hacer el muertito.
Un humo con olor a nafta de alta gama, perfume importado y locro riojano empezó a salir del aire acondicionado. Del medio del living, flotando a veinte centímetros del piso de parqué, apareció una figura con un jogging de la selección del 90, mocasines italianos brillantes y unas patillas que desafiaban las leyes de la gravedad.
—¿Qué hacés, Leóoon? —dijo el fantasma, arrastrando las vocales con una tonada riojana que cotizaba en dólares—. Qué frío hace acá, hermanooo... ¿qué pasa, subieron las tarifas en Olivos también?
Milei se acomodó los anteojos, miró al espectro y se paró de manos en la silla: —¡O sea, digamos! ¡Vos sos una falacia ad hominem con sábanas! ¡El principio de no agresión impide que los muertos invadan la propiedad privada! ¡Estás interfiriendo con las fuerzas del libre mercado celestial!
El Turco se largó a reír, una risa con eco que sonaba a campaña del 95. —Pará la moto, Javi, bajá un cambiooo. Vine a ver las patillas. De cerca son más raras, ¿no?
—¡Es un orden espontáneo capilar! —gritó el Peluca—. ¡El mercado regula la estética! ¿A qué viniste, Carlos? Estoy cerrando el Banco Central, no tengo tiempo para keynesianos del más allá.
El fantasma de Menem flotó hasta el escritorio y miró los gráficos del déficit cero. Soltó un suspiro de nostalgia. —Qué lindo... el ajuste. Me hace acordar a Erman González cuando confiscó los plazos fijos en el 90. Qué épocas, hermanooo. Pero te veo tenso, Javi. Estás peleándote con los gobernadores por Twitter todo el día...
El Turco sonrió con esa sabiduría del que ya fue, vino, privatizó y fue absuelto por el paso del tiempo. —Ay, Javier... A los gobernadores no se los insultaaa, se los invita a Olivos. Les hacés un asado, les ponés un chamamé, y mientras están distraídos, les firmás el pacto fiscal. Con amor, pibe. El arte de la política argentina es meter el bisturí con cara de estar regalando empanadas.
Milei lo miró fijo. —¿Viniste a darme clases de política vos? ¿El que indultó a todo el mundo? —Yo indulté. Vos ajustás. Al final, los dos terminamos siendo polémicos. La diferencia es que yo lo hacía con más onda.
Afuera, Buenos Aires dormía. Adentro, el presidente de la República y el fantasma del presidente que lo precedió en tres décadas seguían discutiendo si el libre mercado celestial tenía o no jurisdicción sobre las almas keynesianas.
Los perros siguieron haciéndose los muertos. Era lo más sensato que podían hacer.