Volver a todos los cuentos Malvinas

Operación Mikado

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Operación Mikado

La noche del 17 de mayo de 1982 era un muro de bruma y sal que golpeaba el parabrisas del Sea King HC.4, matrícula ZA290.

En la cabina, el resplandor verde de los instrumentos iluminaba los rostros tensos del Teniente Richard Hutchings y su copiloto. El aire olía a fluido hidráulico y combustible JP-1.

A miles de kilómetros, en Londres, la orden había sido tajante. Margaret Thatcher, sumida en lo que muchos llamaron un "pánico estratégico" tras el hundimiento del HMS Sheffield por un misil Exocet, exigía una solución final: la Operación Mikado.

El objetivo era suicida: aterrizar en la Base Aeronaval de Río Grande, destruir los misiles y los aviones Super Étendard, y según diversas fuentes, eliminar a los pilotos argentinos en su propio nido.

Lo que los británicos ignoraban era que la Armada Argentina no estaba ciega.

Mientras el Sea King se deslizaba a baja altura intentando ser un fantasma, los radares del ARA Bouchard y el ARA Piedrabuena ya habían acariciado su silueta metálica activando la alerta. En Río Grande, el profesionalismo era absoluto. No era una base vulnerable, sino una fortaleza erizada de artillería antiaérea, infantería de marina y pilotos listos para el combate.

El jefe del SAS comprendió que la sorpresa se había evaporado. —Abortamos. Es un suicidio.

El Sea King giró sobre sus rotores y huyó hacia el oeste, hacia territorio chileno, donde aterrizó de emergencia y fue incendiado por su propia tripulación para destruir la evidencia.

La Operación Mikado nunca ocurrió oficialmente. Durante años, el gobierno británico la negó. Los pilotos argentinos que esa noche dormían en Río Grande nunca supieron que habían sido el objetivo de un comando de élite. Nunca supieron que la mejor defensa que tuvieron fue la profesionalidad de los marinos que los protegían sin que ellos lo pidieran.

La guerra tiene esas ironías silenciosas que no aparecen en los partes de batalla.

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