Volver a todos los cuentos Misterio real

El gomón vacío

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El gomón vacío

Homenaje al Capitán de Corbeta Alejandro Hormanstorfer, al Cabo Primero Ricardo Walter Alvez y al Suboficial Auxiliar Aeronáutico Daniel Néstor Tavella. Desaparecidos en las aguas de las Orcadas del Sur, Isla Laurie, el 31 de marzo de 1998. Sus cuerpos nunca fueron encontrados.

El Irízar olía a aceite, a café quemado y a ropa mojada que nunca terminaba de secarse. Eso fue lo primero que noté cuando embarqué por primera vez. Estaba de intercambio con la Armada destinado en la Segunda Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros en Comandante Espora. En la Fuerza Aérea había volado Bell 212, y ya había hecho unas tres campañas antárticas en Marambio pero acá era diferente. El buque era tu pista, tu hangar y tu casa, todo al mismo tiempo, meciéndose suavemente bajo los pies como si el mar te recordara a cada paso que eras un invitado.

El "Turco" Fajre era Capitán de Navío y comandaba la escuadrilla. Hombre de pocas palabras, manos chicas, y mirada inteligente. Cuando hablaba, uno escuchaba sin necesidad de que lo dijera dos veces. Y el Gurca Montero, Teniente de Navío como yo que era Capitán, era mi compañero de vuelo en esa campaña — el tipo con quien compartís la cabina, el silencio sobre el hielo, el mate de las cinco de la tarde cuando el viento y la nieve no dejan salir.

La noticia llegó por radio al poco de zarpar. Tres hombres habían salido de la Base Naval Orcadas el 31 de marzo de 1998 en un gomón semirrígido, rumbo al norte de la isla Laurie, para una navegación de reconocimiento costera. El jefe de la base, el Capitán de Corbeta Alejandro Hormanstorfer, de 35 años, buzo táctico y marino de ley, iba al mando. Con él, el Cabo Primero Ricardo Alvez, de apenas 23 años, de Infantería de Marina, y el Suboficial Daniel Tavella, de 31, meteorólogo de la Fuerza Aérea. Tres hombres en un bote de goma, en aguas que en otoño ya empezaban a mostrar los dientes del invierno austral. No volvieron.

El gomón había sido encontrado el 7 de abril, una semana después de la desaparición, avistado desde un helicóptero de la Armada. Varado en la Bahía Brown, en la costa norte de la isla Laurie. Vacío. Dos tanques de combustible adentro, un tercero flotando cerca en el agua negra. El motor había sido retirado de su soporte y colocado con cuidado sobre el piso del bote. Un remo. Solo uno. Eso era todo lo que quedaba de ellos.

Cuando el Irízar abandonó Base San Martín puso proa a las Orcadas a toda máquina. El Turco nos reunió en la sala de briefing con una carta náutica desplegada sobre la mesa.

Volamos durante días. El helicóptero barría el hielo, el agua negra, los acantilados. Nada. Una tarde, desde mi camarote, vi siluetas moviéndose en la nieve. Me levanté de un salto. Eran pingüinos.

Sus cuerpos nunca fueron encontrados. El Gurca y yo no hablamos mucho esa última noche. Tomamos mate en silencio, mirando el agua. A veces no hay palabras. A veces el mate es todo lo que queda.

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