El exsuegro de uno siempre fue una mezcla rara entre sabiduría criolla y puteador profesional. Tenía esa edad en la que ya nadie te discute nada porque, total, vos viviste más que todos, pero tampoco te hacen mucho caso porque, bueno… ya viviste más que todos.
La cosa es que el tipo venía jodido hacía rato. Se había caído, se había quebrado el fémur —que siempre suena a que se rompió algo que ni sabías que tenías— y lo llevaron a urgencias. Ahí, entre el olor a desinfectante y el ruido de las rueditas de las camillas, el viejo mira al médico y le suelta:
El médico quedó duro. No sabía si reírse, si llamarle a la hija, al psiquiatra o a la Guardia Civil. Porque hay viejos que te dicen "mátame" en joda, pero este lo dijo con la seriedad de quien consulta por la tarjeta SUBE.
Nosotros, los familiares, estábamos ahí, en círculo, como si el viejo hubiera dicho una cosa cotidiana tipo "¿no tienen agua caliente?"
Y él, indignado por el silencio, remata: —¡No jodan! Si yo fuera perro, ya me habrían dormido hace rato.
Y ahí sí, todos nos reímos, por dos motivos: por nervios, y porque tenía razón, el cabrón.
Pero después, cuando lo subieron a una camilla y quedó solo, a mí se me apareció un pensamiento raro. El viejo no estaba pidiendo morir. No realmente. Lo que estaba pidiendo era algo mucho más chiquito, mucho más humano: estaba pidiendo dejar de ser un trámite.
Porque cuando sos joven, todo el mundo te pregunta cómo estás. Cuando sos adulto, te preguntan en qué andás. Pero cuando sos viejo y te quebrás un fémur, te preguntan si tenés obra social.
El viejo estaba harto de ser el mantenimiento de un edificio que nadie quiere demoler ni restaurar. Y lo dijo a su manera: con humor, con puteada, con ese descaro hermoso de los que ya no tienen tiempo ni energía para caretear.
Hay veces que la gente no pide morir. Pide que alguien la escuche antes de que sea tarde. Pide que la traten como persona antes que como una carpeta clínica. Pide no ser problema. Pide permiso para ser débil sin perder dignidad.
Y eso sí que te rompe un hueso que no te pueden enyesar.
Al final, cuando nos fuimos, el viejo hizo su última genialidad: —Si me tienen que operar, háganlo rápido. Que si me quedo así mucho tiempo, mi yerno capaz se cree que lo hago para romperle las pelotas.
Salimos riéndonos al pasillo. Y esa risa, aunque suene raro, fue la cosa más amorosa que pasó ese día.